domingo 12 de julio de 2026 - Edición Nº1383

San Martin | 12 jul 2026

Nota de Opinión

Demoler el Bristol es demoler una parte de la historia de Villa Ballester

18:56 |"El patrimonio histórico no es un obstáculo para el progreso"


Por Andrés Petrillo – Profesor Titular FADU-UBA, Arquitecto y Concejal de Gral. San Martín

 

Hay pérdidas que trascienden la desaparición física de un edificio. Son pérdidas que erosionan la memoria colectiva, la identidad de un barrio y el patrimonio cultural de toda una comunidad.

Eso fue lo que ocurrió en la mañana del 10 de julio cuando, con enorme indignación, observé el inicio de la demolición del histórico Club Bristol de Villa Ballester. Una intervención que, según pude constatar, se realizaba sin un permiso de obra provisorio ni vigente -cómo se aprecia en la imagen- y aprovechando un fin de semana largo, cuando el control estatal suele relajarse.

El Bristol no era una construcción más. Era una de las obras más representativas de la arquitectura neocolonial de nuestro distrito y una pieza de enorme valor patrimonial diseñada por el arquitecto Rosendo Martínez, uno de los mayores exponentes de este lenguaje arquitectónico en la Argentina.

Martínez dejó un legado de enorme jerarquía. Entre sus obras más reconocidas se encuentra la sede del Centro Asturiano de Buenos Aires, con la emblemática Sala Alejandro Casona, además de numerosas residencias y edificios institucionales que hoy son considerados parte del patrimonio arquitectónico argentino. Su producción se caracterizó por una extraordinaria calidad compositiva, el cuidado artesanal de los detalles y una interpretación refinada del estilo neocolonial.

El Club Bristol reunía muchas de esas virtudes. Sus arcos de medio punto, los vitrales policromados, las molduras, las proporciones de sus fachadas y el cuidado de cada uno de sus elementos constructivos lo convertían en una obra singular dentro del paisaje urbano de Villa Ballester. No sólo tenía valor arquitectónico; era un edificio profundamente ligado a la historia social de la ciudad y al recuerdo de generaciones de vecinos que encontraron allí un espacio de encuentro, de deporte y de vida comunitaria.

La arquitectura también cuenta historias. Cada edificio histórico es un documento construido que habla de una época, de una forma de vivir, de una identidad compartida. Cuando una obra de este valor desaparece, no sólo perdemos ladrillos y vitrales: perdemos un capítulo de nuestra propia historia.

Lo más doloroso es que esta demolición era evitable.

Hace tiempo presenté en el Honorable Concejo Deliberante un proyecto de ordenanza para crear un régimen de preservación del patrimonio arquitectónico, histórico y cultural de General San Martín. El objetivo era simple: identificar aquellos inmuebles con valor patrimonial, establecer mecanismos de protección y evitar que decisiones irreversibles se tomaran sin una evaluación técnica y sin la participación de la comunidad.

Lamentablemente, ese proyecto continúa sin tratamiento.

Mientras el municipio posterga una política seria de preservación, los edificios históricos siguen desapareciendo uno tras otro. Y cuando finalmente se advierte el error, ya es demasiado tarde. El patrimonio demolido no puede reconstruirse. La historia perdida no vuelve.

Preservar el patrimonio no significa impedir el desarrollo urbano. Significa comprender que el crecimiento de una ciudad puede y debe convivir con la protección de aquellos bienes que le dan identidad. Las ciudades más admiradas del mundo no son las que demolieron todo para construir de nuevo; son aquellas que entendieron que su historia también constituye un capital urbano, cultural y económico.

General San Martín necesita con urgencia una política pública de preservación patrimonial. Necesita reglas claras, inventarios serios, criterios técnicos y la decisión política de proteger aquello que nos pertenece a todos.

Porque el patrimonio arquitectónico no es un lujo ni un capricho de especialistas. Es parte de nuestra identidad como comunidad. Es la memoria material de quienes fuimos y el legado que tenemos la obligación de transmitir a quienes vendrán.

Hoy el Club Bristol ya no podrá recuperarse. Pero todavía estamos a tiempo de impedir que otras obras corran la misma suerte.

Ojalá esta dolorosa pérdida sirva para que el Concejo Deliberante deje de mirar para otro lado y trate, de una vez por todas, la ordenanza de preservación patrimonial que presentamos. Porque una ciudad que permite la demolición de sus edificios más valiosos sin instrumentos eficaces de protección no sólo pierde arquitectura: pierde memoria, identidad y futuro.

El patrimonio histórico no se hereda de nuestros padres; se toma prestado de nuestros hijos. Cada demolición sin protección legal es una página de nuestra historia que desaparece para siempre.

 

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